El Tatuaje es, tal vez, uno de los cuentos de terror de mi libro “Las espantosas historias de Morton Fosa” que más impacto causa en los chicos. Sin dudas mi amiga Finder Gam se ha encargado de popularizarlo con sus narraciones en las escuelas. En mi reciente visita a General Villegas tuve oportunidad de leerlo para todos los chicos, maestros y padres allí presentes, y resultó que Edgardo Matilla (el artista que dirigió a un grupo de madres en la fantástica exposición de Supersucio en los lugares típicos de Villegas y tío de Juana, alumna de cuatro años de la Escuela 1) se enganchó pensando en la continuidad de la historia, y aquí te muestro el resultado. Claro que si no leíste la original no vas a entender mucho, pero me pareció muy creativa la idea de Edgardo como para publicarla. ¡Que la disfrutes!:
El Tatuaje (continuación)
Por Edgargo Matilla

Ya habían pasado varios años, desde aquel día en que el viejito encorvado del quiosco le diera ese maldito tatuaje. Habían sido muchas las lágrimas de él y de sus papás cada vez que lo veían caminar casi doblado por el gran peso de la araña que ocupaba toda la piel de su espalda…
Muchas fueron las burlas del barrio. Tantas, que de a poco empezaron a dejar de importar. Los mismos chicos que se reían fueron creciendo, casándose, y teniendo hijos, a los que tenían que retar para que no se rieran de Adrián.

Los papás de Adrián se murieron y él sin saber qué hacer decidió abrir un quiosco. Mientras ganaba unos pesos, distraía su mente, que aún seguía atormentándolo con esas preguntas sin respuestas. ¿Por qué a él? ¿Por qué tuvo que agarrar ese chicle? ¿Por qué herir al viejito? ¡Por qué fue tan malo ese viejito, si él era apenas un niño! Y tantas más que intentó con los años responder, sin lograrlo. En esos años, muchos fueron los médicos, los especialistas en piel, los curanderos, los curas sanadores a los que recurrieron él y sus padres, pero nada alivió el gran peso de sus espaldas. Adrián, el Jorobado, como lo llamaban en el barrio, ya no sufría por las bromas diarias, sólo atendía su quiosco día a día, un quiosco, al que muchos no querían ir, pero como era el más surtido del barrio terminaban yendo,
Sólo había algo que Adrián nunca había querido vender, chicles tatuajes, esos que tan de moda estaban, los preferidos de la hija de la maestra, a quien Adrián adoraba en silencio. Cada vez que ella llegaba al kiosco de la mano de su abuela él intentaba ponerse derecho para no asustarla. No fuera que ella, su clienta preferida, también se burlara de él. Tanto la quería, que decidió vencer todos sus miedos y le compró al mayorista una caja entera de chicles tatuajes, esos que ella siempre le pedía, aunque nadie debía enterarse en el barrio de que allí se conseguían. Sólo los había comprado para que Juana no se fuera a buscarlos al autoservicio de la esquina.
A ella, que también lo queria mucho, no se le había pasado por alto el problema de Adrián. Había preguntado en su casa qué le pasaba y sus padres le habían contestado que tenía algo que lo hacía sufrir mucho, que hacía que muchos chicos le tuvieran miedo, o se rieran de él , y que a pesar de todo debía quererlo porque Adrián había sido compañero de escuela de su padre y era buena gente como toda su familia. Juana, pensaba mucho en cómo ayudarlo, pero tenía apenas cuatro años… Ella no podía hacer nada. Nada podía hacer.
Un día, como tantos otros, Juana compró un chicle, se lo comió y dejó pegado en la heladera-mostrador del kiosco de Adrián el tatuaje, le dio un beso, un abrazo, le dijo que lo quería mucho y se fue con su abuela al jardín. Por la noche, al acomodar las gaseosas, casi con espanto, Adrián vio el tatuaje dejado por Juana. Fue entonces cuando todo el pasado apareció por un instante ante sus ojos, todos sus miedos juntos. Casi como un chico se puso a llorar y sin nadie que lo escuchase le pedía perdón a aquel viejito por las ofensas de su niñez. Las lágrimas no le dejaban ver bien el dibujo pero cuando se tranquilizó vio que no era una horrible araña roja, sólo se trataba de una varita de mago con algunas estrellas.
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Tomó el tatuaje, sin darse cuenta como en aquella triste tarde, lo apoyó en su mano. Y se durmió. Por la mañana, cuando fue a levantarse, Adrián notó que su espalda parecía mas liviana, pero sólo se dio cuenta de que algo había pasado cuando en sus ojos no estaba el piso de madera de su habitación, sino el parque lleno de flores de su casa. Corrió hacia el espejo y se vio derecho como cuando era niño. Miró su espalda y en el lugar que ocupaba la horrible araña ahora estaba el tatuaje de Juana, una varita de mago que lo mantendría erguido para siempre.
Y en ella una estrella que tenía la cara de un hada, muy parecida a esa misma que un día el escritor Fernando de Vedia supo ver en una nena de cuatro años que quería que le firmen un ejemplar de Supersucio.
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Me encanto la continuacion y senti un poco de alivio despues de haber sufritdo bastante por Andres,es cierto a los chicos les encanta particularmente este cuento,ademas veo sus caras de asombro mientras escuchan el cuento y muchas veces me piden que siga el cuento porque no quieren que termine,felicitaciones Edgardo.
Que bueno y que divertido!!
Me encantó la continuación del cuento. Mañana mismo se las leo a los chicos que conocen el original.
¡¡Bravo Edgardo!!! Podrías seguir escribiendo ¿no te parece?
Ver el cuento titulado como el tatuaje (continuacion) es un halago inesperado. Muchas Gracias. y debo obedecer un estricto
pedido de Juana ( mi sobrina) que quiere que
ponga que ella va al jardin uno que la que
va a la escuela uno es su mama. Nuevamente
muchas gracias.
Bravo! Excelente!
Quiero más! Me encantó la vuelta de tuerca. ¡Qué creativo! No dejes de escribir. SFG
señor fosa su libro es entupendo hoy fue una señora llamada silviay nos conto de su cuento y fue ermoso me encanto saludos!!!
me parece MORTAL el tatuaje pero me alivio mucho que despues Adrian queda erguido
Buenísimo. También se lo leeré a mis nenes ya que quedaron fascinados con “El tatuaje”
Saludetes
¡Qué buena idea, Romina! A Edgardo le va a encantar. Te mando un beso.