Nuevamente Marta, una docente jubilada con más de cuarenta años de escuela, nos deleita con sus anécdotas de aquellos tiempos. Sirva este espacio como pequeño homenaje a todas las maestras de nuestro país.

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Hoy voy a hablarles de un día feliz.

Eran seis hermanitos que iban a mi escuela, y que tenían entre 12 y 7 años. Todos fueron mis alumnos. El papá era profesional y la mamá violinista. A través de los chicos yo sentía que se cuidaban entre ellos.

Ese año estaba conmigo en Primero Superior, Carlitos, robusto, de cachetes rosados y ojos renegridos, y muy serio. Todos en general eran impuntuales. ¿Con qué excusas? “Se rompió el despertador”. “Roberto amaneció con fiebre”. “A Lety se le rompió el zapato”. Pero a pesar de lo poco que estudiaban, como eran muy inteligentes, lograban adelantar.

Mi querido Carlitos luchaba con la escritura y yo no lograba verlo con una sonrisa feliz. Una mañana, entró más tarde que de costumbre, me saludó nervioso y se sentó. Cuando sonó la campana del recreo y todos salieron al patio, observé el guardapolvo de Carlitos, ¡que le llegaba hasta el suelo! Lo llamé disimuladamente y le pregunté “¿Qué te pasó?”. Entonces me contestó: “Señorita, era el último que quedaba en el perchero”.

Una gran carcajada cariñosa me brotó del pecho. Lo abracé con un abrazo de oso, mientras por primera vez, lo vi reírse conmigo y los dos, ese día, ¡fuimos muy felices!

¡Lindísimo, Marta! Y esperamos más de tus anécdotas.

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