Esta semana recibí uno de esos mensajes que te conmueven y te dejan pensando. Se trata de María Inés Gómez, quien trabaja en la biblioteca del Barrio Ramón Carrillo.

Para que tengas una idea si no lo conocés, te cuento que este barrio de la Capital Federal, se encuentra en Castañares y Mariano Acosta, y fue construido años atrás para ubicar a las personas desalojadas de lo que se conoció como el Albergue Warnes, en la zona de Agronomía. En su edición de diciembre del año pasado, Clarín.com informaba al respecto que allí “sólo se construyeron 700 casas, y las obras del barrio nunca fueron terminadas. El sistema cloacal está incompleto y, según los vecinos del lugar, las tierras donde fue ubicado el barrio estaban contaminadas y los chicos contrajeron enfermedades infecciosas en la piel. Aún hoy está decretada en la zona la emergencia ambiental y de infraestructura”.

Bueno, en este contexto, María Inés me cuenta que los viernes se juntan con los chicos del barrio para leer y escuchar “Cuentos para temblar”, y que fue en una de esas reuniones que conocieron los cuentos de terror del libro de Morton Fosa. Más allá de la alegría que significa para mí poder ser parte de esos momentos tan especiales, quería compartir con vos la descripción que hace esta bibliotecaria sobre las características de su trabajo:

“Allí, en un lugar desconocido por la mayoría de los porteños, aislado de alguna forma de los otros barrios, escondido tras un malezal y un asentamiento, rodeado por calles en las que se circula a gran velocidad por miedo a parar, rotulado por la procedencia de su gente: ‘los del Warnes’, los inmigrantes de países limítrofes y los del interior del país… cada día asistimos a escenas de la realidad latinoamericana como aquellas que García Márquez reconoce como fuentes del realismo mágico:

…ver a Jesi o a Ivana, princesitas del barrial, vendiendo almanaques o hebillitas en el subte, soportando indiferencias y desprecios… y saber que ellas van todos los días a la biblioteca… me hace sonreír sola pensando en cuántos de los que las ven pasar podrían imaginarse que estas nenas aventajan a muchos de nosotros con su frecuencia de lectoras…

…asustarme de verdad cuando entran Facu y Guille, irreconocibles bajo los efectos del bicho de la ‘pasta base’, tratar de aguantar el temor de no hallarlos a pesar de buscarlos en sus ojos… pasar alguna escena difícil, de esas que llevan fácil al renunciamiento o la resignación… y tenerlos al día siguiente preguntando si ‘hay algo para hacer’… y pasar mañanas enteras con ellos, viéndolos leer, conversando, pintando con acuarelas de colores unos libros fabricados para los más chiquitos…

…escuchar en los primeros tiempos a algunos pibes midiendo el valor de los libros como el ‘papel blanco’ que juntan y venden… y recibir ahora sus propias ‘donaciones‘ porque cuando encuentran libros, revistas o fascículos sueltos en el camino del cartoneo los traen a la biblio, como si estuvieran convencidos de que ‘los libros van en la biblioteca’, aunque nunca les hayamos dicho nada malo acerca de ganarse el mango vendiendo el papel que encuentran, aunque tuviera forma de libro…

Allí mismo, cada día suceden las pequeñas maravillas que mueven al mundo y alimentan esperanzas, y que es como si salieran de los libros, y de la forma en que los libros nos reúnen a su alrededor.”

María Inés Gómez, informe de becaria CONABIP, 2004.

Palabras hermosas y dramáticas al mismo tiempo. ¿Entendés ahora por qué me dejó pensando? Gente como María Inés me convence cada vez más de que cada uno de nosotros, desde nuestro lugar, podemos aportar algo para mejorar la vida del otro.

Ojalá que hoy vos también te quedes pensando.

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