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Prensa29 Oct 2007 05:45 pm

Tapa Revista Universo Edición del día 19 de Agosto de 2007 Número 200Tapa Revista Universo | Edición del día 19 de Agosto de 2007 | Número 200

Fernando de Vedia. Con alma de niño

Uno de los autores de literatura infantil argentina más leídos de la actualidad, contó cómo decidió abandonar la comodidad de un trabajo seguro para respetar su esencia y cumplir su sueño.

Una famosa autora contemporánea, Sofía Prokoffieva, dijo alguna vez: “Todo ser humano tiene en su interior, en su alma, un sonido bajito, su nota, que es la singularidad de su ser, su esencia. Si el sonido de sus actos no coincide con esa nota, esa persona no puede ser feliz”. Más de veinte años como ejecutivo de grandes empresas le llevó a Fernando de Vedia encontrar la nota justa para su vida. Puede parecer mucho, pero a algunos no les alcanza una vida para darse cuenta. A los cuarenta y cinco años decidió renunciar a la comodidad de su empleo y las perspectivas de continuar creciendo profesionalmente en la compañía en donde se desempeñaba, para hacer caso a su verdadera vocación. “No es que no me gustara lo que hacía, al contrario, me sentía un privilegiado trabajando de aquello para lo que me había formado y había estudiado. Pero sentía que mi esencia pasaba por otro lado”.

Fue así que en determinado momento comenzó a escribir para chicos hasta llegar a convertirse en uno de los autores de literatura infantil argentina más leídos de la actualidad.

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Prensa10 Sep 2007 05:35 pm

Tapa Revista NuevaHabía una vez un hombre que convocó a la paciencia, la voluntad, la constancia y la pasión para pelear por el sueño que lo desveló toda su vida: escribir para niños. Un buen día, logró su cometido. “Si estás convencido de los pies a la cabeza de lo que te propones, el momento llega”, dice Fernando de Vedia (45 años), el hombre en cuestión, quien abandonó la comodidad de un trabajo estable para transformarse, en la actualidad, en uno de los autores más leídos de la literatura infantil argentina. Previo a su presente, existe un pasado que nos remonta a un Fernando de ocho, nueve, quizás diez años, que creaba obras de teatro, novelas o descifraba los trucos de la caja mágica que le había regalado su tía Kuky. La magia también le valió para inmiscuirse en la inocencia de los chicos. “Siempre me fascinó inventar historias y personajes. Escribo desde que tengo memoria, pero lo tomé seriamente cuando nacieron mis sobrinos. Les narraba mis relatos y les encantaban. Lo hacía en paralelo con mi labor de redactor publicitario en importantes compañías. Me sentía Diego de la Vega y el Zorro: las corporaciones y los cuentos infantiles no se llevan bien; pocas personas sabían de mi alter ego”, recuerda Fernando, que, en rigor, no es De Vedia (es un seudónimo que esconde una curiosa anécdota, pero prefiere mantenerla en el anonimato). “La vocación comenzó como hobby, pero creció más. La llegada de mi hija Clara (de seis años) fue el impulso definitivo para publicar, A los meses, se agotó el libro debut: El inventor de la calesita. Entonces, con la editorial pensamos: ‘acá hay más que un hobby’. Y editamos el segundo… ¡y llega’ mos al décimo! Allí sentí que concluyó mi ciclo en la empresa y, a fines del 2006, renuncié. ¡La cara de mis compañeros cuando se enteraron de mi otra faceta! ¡No podían creer cómo lo había mantenido en secreto! Ahora me dedico a mi verdadera esencia”.
Un cambio de vida. Al fin y al cabo, Fernando se animó a más: “Me jugué por mi sueño. Me iba muy bien, no fue fácil perder el respaldo económico, pero los libros funcionaron. No fue una decisión rápida, sino un largo proceso de profundos cambios. Fue un renacer, vivir una segunda vida dentro de la misma. No lo podría haber hecho sin el apoyo de mi familia, de mi mujer María, con quien estoy casado hace 16 años. Es mi crítica más acérrima, una fuente de mejora y una fuerza enorme para torcer mi rumbo”. Tarde o temprano, la valentía trae sus frutos. Algunos de sus más célebres títulos (con reediciones y más de 70 mil ejemplares vendidos) son Paco del Tomate, La oficina de los besos perdidos, El mago Bambini, Marvin Marbles y el príncipe de los desterrados, Las espantosas historias de Morton Fosa y Lalo Lalupa.
Cuentos cortos y novelas de fantasía, aventura o terror… su obra abarca un rango de edad que se extiende desde los 4 hasta los 12 años. Y el éxito golpeó su puerta: su stand fue furor en la última Feria del Libro. “Salvo el círculo íntimo, nadie sabía lo que hacía -acota-. Fui a la Feria con el miedo de que el público no se acercara a mi escritorio. Hasta llamé a un par de amigos para que fueran con sus hijos (risas). Cuando llegué, un sinfín de chicos me esperaban. Fue una experiencia maravillosa, noté el capital que había reunido”. Fernando define su obra con dos palabras: “tierna” y “divertida”. “Se basan en un personaje central, un antihéroe: el inventor de cosas inútiles, el mago que devela sus trucos, el arqueólogo que nunca descubre nada. Al final, logran su objetivo. Los niños no se identifican con el ser perfecto. Por otro lado, no hay moralejas ya que ellos sólo quieren entretenerse. Aunque una palabra, aun sin proponértelo, transmite un valor; pero debe ser espontáneo”, explica quien ahonda en temas como la amistad, la tarea en equipo y el amor. La fórmula parece dar resultado ya que, confiesa, el feeling con sus lectores es único. “Me ayuda el vínculo con Clara y las visitas que hago a los colegios -agrega-. Me da mucho placer el humor infantil. Es una forma de que la inocencia permanezca en algún rincón del corazón; de preservar la pureza en un mundo tan contaminado.

Por otra pane, la devolución que te hace este público… ¡Son crudamente sinceros! Te adoran o te critican brutalmente. Me encanta que no haya doble mensaje, que sean exigentes y no los conmueva cualquier relato. En mi Web dejan comentarios muy dulces; eso es una confirmación más de que no puedo reducir esto a un pasatiempo”. Fernando se reconoce como poco metódico al sentarse frente a la computadora. No tiene horarios estrictos; es decir, es bastante caótico. Puede concluir un libro en dos años, seis meses, una semana o un día. Depende de la caprichosa inspiración. “Clara me estimula, me conecta con su mundo, su lenguaje. Es un
disparador de ideas. ‘La oficina…’ son las desventuras de un papá al que se le pierde el beso de su hija. Una mañana, desde su ventana, ella me mandó un beso volador. Me pregunté: ¿qué pasaría si ese beso no hubiese terminado en mi mejilla? La sensibilidad está a flor de piel”, detalla quien tiene como modelos a J.K. Rowling, Roald Dahl, Ricardo Marino, María Elena Walsh y Luis Pescetti.

Tiempos modernos

Antes de dormir, Fernando le lee un cuento a Clara. Las estadísticas arrojan que cuatro de cada diez menores de 10 años no transitan esa experiencia en sus casas. Fernando opina: “Sin dudas, leemos menos. Pero se contrapone con el millón de personas que van a la Feria. El libro está visto como un objeto de consumo y no de lectura. Hay que generar una nación de lectores para que los chicos sean pensantes, tengan espíritu crítico y libertad de opinión. La TV, la computadora y los videojuegos deben convivir con los libros. El rol de los padres es primordial. Es necesario leerle al niño, ¡pero nosotros también debemos leer, somos sus guías! Los docentes deben fomentar el hábito; y los autores, ofrecer material interesante. Hay que poner de moda la lectura. Harry Potter logró que un niño devorara 500 hojas en tres días. Pero si leen sólo eso, no sirve como una iniciación. Faltan estrategias y políticas”. Mientras tanto, Fernando se colma de sueñitos (el máximo ya lo alcanzó). Que su hija le pida otro cuento o que su obra desembarque en la TV, el teatro o el cine. ¿Otro importante? Aportar un granito de arena en el proceso de formación de los niños y que, en un futuro, sean ellos los que compartan con sus hijos un texto de de Vedia. En una palabra, trascender.

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Prensa28 Jun 2007 12:17 pm

Nota revista Gente “Había una vez…” (Las mágicas tres palabras de los cuentos infantiles)
 
Pero no había: hay. Hay un hombre (Fernando de Vedia, 45, porteño nativo de Floresta, marido de María, padre de Clara -6 años-), que decidió dedicar su vida a escribir para los chicos. Nada menos. Digo “nada menos” porque los chicos son, al mismo tiempo, los lectores más implacables y más frágiles: si la historia no los atrapa, la abandonan al toque, pero un mal ejemplo puede abrirles heridas y dejarles cicatrices. Hasta hoy, ya en su décimo libro, Fernando lleva aprobadas todas las materias. Y se presenta así. “Fui un pibe de clase media en un barrio de dase media. Alfredo Enrique, mi padre (murió hace muy poco) tenía un negocio de librería y papelería comercial, y Martha, mi madre, que aún vive, era docente. Tuve la vida de cualquier chico: la calle -cuando no era peligrosa-, la plaza, el club (Ferro Carril Oeste). Mucho deporte. Fútbol y tenis. Empecé siguiendo la ola de Guillermo Vilasy llegué a jugar bien. ¿Lecturas que me marcaron? La colección Robin Hood, aquellos libros amarillos, Sandokán, todo ese mundo de aventuras. Y, claro, El Principito, esa iluminación, que hoy le estoy leyendo a mi hija”.

Hay por lo menos tres Fernandos. El chico “que nunca dejé de ser”, el licenciado en Publicidad (llegó a manejar áreas clave de grandes empresas), y el mago. Sí, mago, y no es metáfora. “Empecé, como tantos, con la cajita de magia que a los siete años me regaló una tía (galera, varita, la moneda que desaparece, etcétera). Me fascinó, evolucioné y tengo mi propio show de magia. Voy a las reuniones de la hermandad de magos, creo trucos. Es un maravilloso escape de la realidad, del día a día”. Pero, ¿cómo llegó a ser el autor de libros infantiles más exitoso del país? “A través de varios caminos: el dibujo humorístico, que ejercí en varias revistas, y la invención de cuentos, sobre todo a partir del nacimiento de mi hija…”. Y de pronto, en el 2001, una de esas historias fue libro -lo editó Atlántida-. Siguieron nueve más y el mago, como por arte de magia, logró la conquista más difícil: el corazón de los chicos. Tanto, que entre ediciones y reediciones, la cifra llega a setenta mil ejemplares… Ese libro inaugural se llama El inventor de la calesita, su héroe (“mejor, antihéroe: tengo debilidad por los perdedores que terminan ganando”) es Paco Del Tomate, y ésta su tarjeta de presentación. Por un minuto, lector, siéntase niño: “Hace muchos, pero muchos años, había un país que no me acuerdo cómo se llamaba y tampoco me acuerdo dónde quedaba. Pero me acuerdo de que allí vivía Paco Del Tomate, un famoso inventor. Paco era famoso porque se pasaba el día inventando cosas inútiles. Guantes para culebras, pelucas para leones o paraguas para peces eran sus ideas más geniales. Aunque nadie las usaba…”.
 
Y bien. Los chicos dijeron, a coro, “¡Sííííí!”, y Fernando, todavía asombrado, encontró su vocación y su camino para siempre. Siguieron Los increíbles descubrimientos del profesor Lalo Lalupa, un arqueólogo que nunca descubre nada, El mago Bambini, Marvin Marbles y el príncipe de los desterrados, una joyita: La oficina de los besos perdidos, etcétera. “Dejé mi trabajo en publicidad y estoy enteramente dedicado a esto. Mi target: chicos de cuatro a ocho años, y de ocho años en adelante. Los libros tienen un apoyo fundamental: las ilustraciones de Poly Bernatene, Gabriel Bernstein, María Paula Dufour, Héctor Borrasca, Paula de la Cruz, Rodrigo Folgueira, Ménica Pironio, dibujantes de alto nivel… y en Clara y la estrella de mar me di un lujo: la protagonista es mi hija Clarita”.

Detallista, obsesionado por la sintaxis y la ortografía (“algo mal escrito deja, en un chico, una mala señal, difícil de borrar”), jura que crear personajes y narrar un libro tras otro “es mi gran refugio, mi cable a tierra, la vuelta a la inocencia, a la pureza, al espíritu en estado virginal, al chico que fui (y que todos llevamos adentro). Es mi manera de no entregarme del todo. Cuando escribo para chicos, yo soy yo y resguardo mi esencia. Además, el chico lector te condena o te ama sin claroscuros: a todo o nada. Yeso es lo mejor que puede pasarme”. Hay, en esta historia, una pequeña cruzada. Escuchemos a Fernando: “Los chicos leen menos, es cierto y es triste. Pero tenemos, todos -padres, maestros, autores- que hacerlos volver al libro. La computadora los absorbió y es una feroz competencia. Sin embargo, ellos están preparados para las dos cosas, para la tecnología y para lo clásico, el libro, y hay que darles esa alternativa. Evitar que se conviertan en ostras frente a una pantalla. Lograr que los libros tengan la misma presencia que la computadora y la televisión, porque un libro no se lee para ganarle a nadie, como sucede con muchos juegos electrónicos: se lee para pensar, para desarrollar el espíritu crítico. Y por eso, ponerles libros en las manos es, absolutamente, nuestra responsabilidad. Porque, ojo: los chicos leen menos, sí; pero… ¿cuánto leen los padres? La aventura del conocimiento es una cadena. Si falta un eslabón, esa aventura se corta”.

Tiene Fernando, claro, sus códigos, sus mandamientos. “Primero, no aburrir. Segundo, escribir una historia que conmueva. Tercero, huir de las moralejas, los sermones, las bajadas de línea. Cuarto, transmitir valores, pero sin discurso: siempre con clima de juego. Sexto, no enroscarse en lo puramente literario: escribir claro, simple y con respeto por el idioma. Séptimo, crear personajes -héroes o antihéroes, no importa-, porque, héroes o antihéroes, los ídolos de la buena literatura infantil siempre son buenos. En cambio, a veces los héroes de los adultos son malvados”.
No sale de su asombro, Fernando. ”Recibo mails emocionantes. En uno de mis libros, La oficina de los besos perdidos, un padre muy ocupado, sin tiempo, híper ejecutivo, sale para la oficina y le da un beso a su hija…, pero el beso se le cae. No llega a destino. Hace un tiempo, uno de esos mails, de una señora de Córdoba, decía: ‘Mi marido leyó el cuento y de pronto me dijo, alarmado: ‘Este soy yo… Tengo que cambiar’. El cuento le hizo hacer clic”.
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Pablo Picasso, en la cumbre de su vida y de su gloria, dijo: “Me tomó medio siglo aprender a dibujar como un niño”. En el final de la charla, le recuerdo esa frase a Fernando de Vedia, y sonríe. Sin palabras, me dice que a él le pasó lo mismo. A sus largos cuarenta años, recuperó al chico de Floresta. El que aprendió a jugar al tenis, encandilado por Guillermo Vilas. El de la cajita de magia que le regaló una tía.
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por Alfredo Serra
fotos: Christian Beliera
agradecemos a la calesita del Zoo de Buenos Aires

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